Vivo en la montaña pero el mar vive en mí. Te cuento cómo el océano se convirtió en el centro de mi universo creativo y por qué no puedo imaginar mi arte sin él.
Hay una paradoja en mi vida que me encanta: vivo rodeada de montañas, en el Vallès, lejos del mar. Y sin embargo, el océano es el protagonista absoluto de todo lo que creo. ¿Cómo se explica eso? Quizás porque el mar ha estado presente en mí desde el primer día de mi vida.
Dos mares, una misma alma
Nací en Brasil, pero con tan solo un año me fui a vivir a Grecia, donde pasé los siguientes nueve años de mi vida. El Mediterráneo griego fue, en realidad, mi primer mar consciente: ese turquesa imposible del Egeo, tan cristalino que puedes ver el fondo, esa luz que lo baña todo de dorado. Aunque el Atlántico brasileño lo llevo en la sangre sin haberlo vivido, fue el mar griego el que me formó, el que entró por los ojos y se quedó para siempre.
El mar no es solo agua. Es un estado mental. Es la sensación de que todo lo que te preocupa se vuelve pequeño cuando te pones delante de algo tan inmenso.
Cuando miro mis obras, veo los dos. El azul profundo y poderoso del Atlántico brasileño. El turquesa transparente del Egeo griego. Sin haberlo planeado, llevo ambos mares en cada capa de resina que vierto.
Por qué la resina y no otro material
Cuando descubrí la resina epoxi, entendí inmediatamente por qué era el material perfecto para expresar lo que siento por el mar. La forma en que fluye, la transparencia, los reflejos, las capas de profundidad que puedes crear... Es el único material que conozco que puede capturar la esencia del agua sin ser agua.
- La transparencia de la resina imita la claridad del agua mediterránea
- Las capas crean profundidad, como el fondo del mar
- El movimiento del vertido recrea las olas de forma natural
- Los pigmentos nacarados capturan los reflejos de la luz en el agua
- La textura final, suave y brillante, evoca la superficie del mar en calma
El día que decidí que el mar viniera a mí
Hace dos años, la vida me puso en un lugar donde no podía moverme. Un momento muy oscuro, muy duro, en el que mi cuerpo me decía que no. Y lo que más echaba de menos, lo que más me dolía no poder hacer, era ir al mar.
Si yo no puedo ir al mar... el mar vendrá a mí.
Así empecé con la resina epoxi. No fue una decisión artística, fue una decisión vital. Necesitaba el mar cerca, necesitaba sus colores, su movimiento, su calma. Y descubrí que podía crearlo con mis propias manos, capa a capa, color a color, ola a ola.
Lo que empezó como una forma de sobrevivir a un momento muy difícil se convirtió en mi razón de levantarme cada mañana. Cada cuadro que creaba era una victoria pequeña y enorme al mismo tiempo. El mar me salvó, aunque fuera en resina.
Por eso cuando alguien me compra una obra, siento algo muy especial. No solo está llevándose un cuadro bonito. Se lleva un pedacito de esa fuerza, de esa decisión de buscar la belleza incluso cuando todo duele. Y eso, para mí, no tiene precio.
El mar que no puedo ver
Ahora entiendo la paradoja. Precisamente porque no tengo el mar cerca, lo necesito más. Lo recreo en mi estudio, lo vierto en lienzos, lo regalo a quien lo quiere tener cerca. El mar que no puedo ver cada día vive en cada obra que creo. Y eso me parece lo más bonito del mundo.

